jueves, 28 de marzo de 2013



El miedo a que un día descubras que nadie es para tanto. Que te hartes  todas esas mierdas, que descubras que nos hemos consumido hasta reducirnos a cenizas y ya no sabemos si vale la pena ser fénix. Que esa persona diferente, con olor a nuevo, con la mirada carente de abismos te envuelva. Que sin hacer nada te salve, solo porque ha llegado en el momento justo. Cuando las costuras estaban resquebrajadas, cuando pretendíamos en vano reunir jirones despedazados, restos del naufragio caótico en el que se habían sumido nuestras vidas. Cuando yo ya no sonreía tanto y tú ya no querías saber porqué. Cuando estábamos demasiado ocupados culpándonos a nosotros mismos y no salíamos de nuestro recreo de autodestrucción. Cuando ya no teníamos valor de mirar al otro a los ojos por miedo a leer el fracaso, el esto no funciona. Estancados en un punto de inflexión latente, suspendido en el tiempo, pidiendo a gritos que nos salvaran de nuestra propio desastre.
Dejándole al tiempo el trabajo sucio que ninguno de los dos tenía cojones de llevar a cabo.

Yo ya te hacía perder la paciencia. Tú no querías guardártela. Era mejor lanzarla lejos, muy lejos. Yo perdía los estribos. Sucumbía ante esa mirada abatida de soldado herido que no sabe si continuar en un campo de batalla que sabe de antemano perdida. Busábamos respuestas en nosotros mismos, revolviendo ese amasijo turbulento de resignación, de rabia y de impotencia. Implorando a la suerte, al destino. Convenciéndonos de que era inevitable, de que habíamos perdido. De que el tiempo había pasado por encima de nosotros. De que tú ya no eras mi fruta prohibida y yo ya no era tu excepción. Ahora yo era la regla y tú eras el pan de cada día. Y empezaba a aborrecer, aunque una parte de mí se resista a pensarlo. Y si hay amores que matan...a pachas nos repartimos el papel de salvador y de verdugo.

martes, 26 de marzo de 2013

EN OBRAS.
Para bien, para mal, qué se yo. Pero algo me llamaba desde dentro, algo a lo que solía hacer oídos sordos por costumbre. Esa necesidad de probarme a mí misma. De dejarme llevar, de aceptar que puede salir mal y no machacarme hasta hacerme trizas por ello.
Ya me ha cansado el rollo de la autodestrucción. 

Irá bien. ¿Por qué iba a ir mal? Es lo que he intentado enseñarme todo este tiempo. Fuera lamentaciones, hoy me gusta ser yo.