Tumbada, notando la rigidez de la lona del sofá bajo mi espalda, tan dura como protectora, me dejaba a la vez aletargar por el aliento cálido de ella, que notaba sobre mi nuca. Sus manos me atraían hacia ella con firmeza y se entrelazaban en mi pecho. Así, sobre mi espalda notaba apoyada su mejilla y no pude evitar sentirme nostálgica y momentáneamente enternecida por esa cualidad suya tan brillante que la gente solía olvidar con facilidad. Muchos admiraban a la madre, la esposa rebelde o la amiga incondicional. Incluso al
espíritu libre. Pero yo no podía dejar de notar que pocos reparaban en esa
manera suya, esa innata cualidad de anteponer el afecto a la comodidad. Y ahí estábamos, las dos apretadas en un espacio de mala muerte, demasiado pequeño para tanta ternura recogida en un solo abrazo. Temblando de frío, intentando acaparar lo máximo posible el calor de aquella manta raída.
Anteponiendo el afecto a la comodidad. Y al buscarle la utilidad pienso...
Sin comodidades eres mediocre. Sin afecto eres mediocre.
Pero puedo comer mierda y acostarme en los portales si a la noche tengo alguien que me abraza
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